martes 10 de noviembre de 2009

La soledad y los desastres de Turpin #1

El hombre llamado Turpin vivía a unos seis kilómetros de la escuela, donde impartía clases de filosofía desde hacía más de veinte años. Al principio, la gente no vio con buenos ojos que aquel huraño profesor recién llegado se instalara en la casona abandonada, justo junto a la linde última de lo habitado; luego se acostumbraron y le dejaron en paz.
La casa no parecía tal, sino una especie de edificio costurón rodeando un patio desnudo, que en invierno se llenaba de hojas y en verano de tierra quemada. Al lado de la parte este de la casa, había una vía muerta desde el nacimiento de la que apenas podían verse algunos raíles bajo la selva devoradora; quien hubiese visto tren alguno pasar por allí, es seguro que actualmente no pudiese ser visto asimismo por congénere alguno.
La demostración de que Turpin jamás tuvo nada que ver con sus lejanos vecinos, quedaba patente en el pacto contraido con Alonza, una mujer tan seca y discreta como el natural del profesor hubiese debido disponer, para el periódico abastecimiento de víveres, que rara vez pasaban de huevos, pan, carne de ternera, leche, café y un litro de licor, que a veces parecía brandy y a veces whisky.
A veces era el brandy, a veces el whisky; y a veces, el profesor Turpin salía a dar un paseo justo antes de la anochecida.
He hecho todo lo que un escritor no debe hacer en su vida para ser escritor... excepto escribir.